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Posts Tagged ‘Economia’

Ara mateix (22/07/2011) sembla ser que Europa s’ha salvat (segons la premsa), però el text que aquí us deixo i que he recuperat de “El País” te visos de no caducar!

 

Cinco razones por las que Europa se resquebraja

Dinamarca reintroduce los controles fronterizos con la excusa de una criminalidad inexistente. Con ello, el país que fue un modelo de democracia, tolerancia y justicia social se sitúa en la avanzadilla de la rendición europea ante el miedo y la xenofobia. Grecia lleva más de un año al borde del precipicio sin que parezca que haya muchos Gobiernos que lamentaran su eventual salida de la zona euro; algunos incluso azuzan secretamente a los mercados contra Atenas. Finlandia se resiste hasta el último minuto, a la zaga de Eslovaquia, a financiar el rescate de Portugal. Francia e Italia aprovechan la crisis tunecina para, en periodo electoral, limitar la libertad de circulación dentro de la Unión Europea. Y qué decir de Alemania, que no contenta con gestionar la crisis del euro a golpe de elecciones regionales, rompe filas con Francia y Reino Unido en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se desentiende de la crisis libia y revienta diez años de política de seguridad europea.

Los líderes europeos gobiernan a golpe de encuestas y elecciones, aunque para ello deshagan Europa

Hoy sorprende recordar la admiración e incluso el recelo que suscitaba Europa hace diez años entre grandes potencias

Como un cáncer, los xenófobos han ido capturando el discurso y la agenda política en todos los Estados

La aversión al extranjero lleva a los europeos hacia el suicidio no solo moral, sino económico

Los ajustes y recortes asociados a los actuales planes de rescate agravarán la crisis que sufren algunos países

De seguir así, la UE acabará siendo lo que el FMI era antes para muchos: un instrumento de imposición
Con el futuro del euro en entredicho y el mundo árabe en erupción, los líderes europeos gobiernan a golpe de encuestas y procesos electorales, aferrándose al poder por cualquier vía, aunque para ello tengan que deshacer la Europa que tanto tiempo y sacrificios ha costado construir. Pocas veces el proyecto europeo ha estado tan en entredicho y sus vergüenzas tan públicamente expuestas. Pareciera que en esta Europa de hoy, tener un gran partido xenófobo fuera obligado. El hecho es que Europa se resquebraja. De no mediar un cambio radical, el proceso de integración podría colapsarse, dejando en el aire el futuro de Europa como entidad económica y políticamente relevante.
1. Un proyecto sin fuelle
Esta crisis no es coyuntural ni pasajera: no estamos ante una mala racha, ni somos víctimas de un pesimismo infundado. Para darnos cuenta de hasta qué punto el proyecto de integración está en peligro no hace falta más que rebobinar una década. Si lo hiciéramos, el contraste con la situación actual no podría ser más revelador. Después de lanzar el euro el 1 de enero de 1999, la Unión Europea aprobaba la Estrategia de Lisboa, que prometía convertir a la UE en la economía más dinámica, competitiva y sostenible del mundo. También se comprometía a ampliar el espacio de libertad, seguridad y justicia, llevando la integración europea a los ámbitos policiales, judiciales y de inmigración, que hasta entonces habían quedado al margen de la construcción europea. Y para culminar ese proceso y darse a sí misma una verdadera unión política que le permitiera ser un actor globalmente relevante en el mundo del siglo XXI, ponía en marcha el proceso de elaboración de la Constitución Europea.
Pero la UE no se completaba solo hacia dentro, sino también hacia fuera: lanzaba el proceso de ampliación más ambicioso de la historia, que incorporaría en su seno a 10 países de Europa Central y Oriental además de Chipre y Malta y, en un acto repleto de visión estratégica y de futuro, se comprometía a abrir negociaciones de adhesión con Turquía, tendiendo así unos puentes de máximo valor con el mundo árabe y musulmán. Al mismo tiempo, asentaba los pilares de una auténtica política exterior y de seguridad: después de años de impotencia y humillaciones en la pequeña Bosnia, franceses y británicos acordaban coordinar su defensa de forma más estrecha. Mientras, los europeos se unían, Alemania incluida, para parar en seco los intentos de Milosevic de limpiar étnicamente Kosovo y se comprometían a poner en marcha una fuerza de reacción rápida de 60.000 soldados que fuera capaz de desplegarse fuera del territorio europeo para actuar en misiones de gestión de crisis y mantenimiento de la paz. Acostumbrados hoy al ninguneo de las grandes potencias sorprende recordar cómo, por entonces, con el euro en la mano, las ampliaciones en marcha, una Constitución a la vuelta de la esquina y una política exterior y de seguridad rebosante del liderazgo provisto por Javier Solana, Europa no provocaba hastío ni indiferencia, sino admiración, e incluso, en Washington, Pekín o Moscú, indisimulados recelos.
Una década más tarde, esa brillante lista de logros y optimistas promesas se encuentra más que en entredicho: en lugar de esa Europa exitosa y abierta al mundo que nos prometimos, nos encontramos con una Europa que pese a las ampliaciones se ha empequeñecido; que a pesar del euro se ha vuelto egoísta e insolidaria y que ha dejado de creer y practicar sus valores para encerrarse en el miedo al extranjero y el temor a la pérdida de identidad. Muchos se arrepienten de haber hecho las ampliaciones y no quieren volver a oír hablar de ellas; ni se plantean cumplir las promesas de adhesión a Turquía y ni siquiera son capaces de vislumbrar la adhesión de los países de los Balcanes. Los más de veinte años transcurridos desde la caída del muro de Berlín suponen un margen de tiempo más que razonable para que Europa se hubiera completado, hacia dentro y hacia fuera. Pero la realidad es bien distinta: tras las ampliaciones, hablamos de fatiga de ampliación; tras el fallido proceso constitucional, de fatiga de integración política; tras la crisis del euro, de fatiga económica y financiera. Tras diez años de reformas institucionales y de introspección institucional, el Tratado de Lisboa, que iba a salvar a Europa de la parálisis e introducirla en el siglo veintiuno, es un perfecto desconocido y sus logros, invisibles.
2. Crisis de valores y miopía política
La gravedad de la actual crisis europea se origina en la confluencia de varias fuerzas centrífugas: el auge de la xenofobia, la crisis del euro, el déficit de la política exterior y la ausencia de liderazgo. Sus temáticas son paralelas, pero se entrecruzan peligrosamente bajo un mismo denominador común: la ausencia de una visión a largo plazo. La consecuencia de ello es que cada diferencia entre los socios, sea del carácter que sea, se convierte en un juego de suma cero, en una feroz pelea donde todo vale con tal de obtener una victoria con la que presumir una vez de vuelta en la capital nacional, por pequeña y dañina para el proyecto común que sea.
Hace ahora casi tres años que el humo de los campamentos gitanos que ardieron en Italia nos puso sobre aviso de lo que se avecinaba. Desde entonces, elección tras elección, los xenófobos han ido ganando fuerza en nuevos países (Suecia, Finlandia, Reino Unido, Hungría) y consolidándose en los sitios donde ya contaban con una presencia significativa (Italia, Francia, Países Bajos, Dinamarca). Como un cáncer, han capturado el discurso y la agenda política en todos los Estados, endureciendo los controles fronterizos, imponiendo restricciones a la inmigración, dificultando la reunificación familiar y restringiendo el acceso a los servicios sociales, sanitarios y educativos. Lo que es peor, como en el caso de Thilo Sarrazin en Alemania, algunos ya han cruzado la línea de la xenofobia para adentrarse plenamente en un discurso racista sobre la inferioridad de la inteligencia de los musulmanes, algo que recuerda peligrosamente a la caracterización que los nazis hicieron de judíos, negros y eslavos como “untermenschen” (seres humanos inferiores). El resultado es que, hoy en día, en medio de la crisis económica, los valores de tolerancia y apertura, que constituyen el patrimonio más importante del que disponemos, están en cuestión o se baten en retirada.
Toda esta aversión al extranjero sorprende en una Europa cuyos problemas en absoluto pueden ser atribuidos a los inmigrantes. Más bien al contrario, de no mediar un cambio en las tendencias demográficas, además del suicido moral que suponen las actitudes hacia la inmigración dominantes hoy en día en casi toda Europa, los europeos se dirigen hacia el suicidio económico, pues con las actuales tasas de natalidad su población en edad de trabajar será cada vez menor y tendrán que hacer frente a mayores gastos sociales para sostener a una población dependiente y envejecida. Europa debería mirarse en el espejo estadounidense, capaz de integrar a inmigrantes de todas partes del mundo y conseguir que contribuyan al bienestar común a la vez que al propio, pero en lugar de eso prefiere crear un falso problema y, en torno a él, construir soluciones que no harán sino acelerar su declive.
A mucha gente de bien, las bufonadas y simplezas mentales de los racistas y xenófobos les impide tomárselos en serio. Sin embargo, su capacidad de condicionar a los partidos tradicionales es más que notable y va en aumento. Cada vez que uno de ellos captura el Gobierno de algún Estado miembro, su agenda deslegitimizadora, racista y antieuropea impacta de lleno en las instituciones europeas y se las lleva por delante. Para impedirlo, al igual que se quiere sancionar a los que incumplan los criterios de déficit, el resto de Gobiernos debería atreverse a recurrir a los Tratados y sancionar a los xenófobos y a los autoritarios. Pero desgraciadamente, la tibia respuesta de las instituciones y Gobiernos europeos ante la expulsión de gitanos rumanos en Francia, frente a los excesos con la libertad de prensa de la Constitución húngara o en relación con el acoso a los inmigrantes irregulares en Italia anticipan cuán poco debemos esperar de ellos cuando se trata de enfrentarse a otros Gobiernos.
3. El fin de la solidaridad
Se dice que la crisis económica es la culpable, pero no es del todo cierto. El principal riesgo de ruptura del proyecto europeo no proviene de la crisis en sí misma: al fin y al cabo, Europa ya ha estado en crisis en otras ocasiones y ha salido reforzada de ellas. Ante la crisis de los años ochenta, presionados por la pujanza tecnológica de Estados Unidos y Japón, los Gobiernos europeos decidieron dar un salto cualitativo en la integración. Entonces, los líderes europeos visualizaron de forma clara lo que entonces se denominó “el coste de la no-Europa”, es decir, la riqueza y bienestar que se podría crear eliminando el conjunto de trabas que ralentizaban el crecimiento económico.
Hoy, con todo lo serios y difíciles de solucionar que son los desafíos que penden sobre la economía europea (especialmente en cuanto al envejecimiento de la población y la pérdida de competitividad), existe un amplio consenso sobre cómo superar dichos problemas. La cuestión debe entonces buscarse en otro sitio: en la existencia de lecturas irreconciliables sobre cómo entramos en la crisis del euro y, en consecuencia, cómo saldremos de ella. Para unos, liderados por Alemania, estamos ante una crisis que se origina en la irresponsabilidad fiscal de algunos Estados. Ello supone que para salir de la crisis, dichos Estados simplemente tienen que cumplir las reglas de austeridad que estaban en vigor y que ahora han sido reforzadas. Todo ello se acompaña de un sermoneo moralizante y condescendiente, como si el déficit o el superávit de un país reflejara la superioridad o inferioridad moral de todo un colectivo humano. Muchos desean una Europa a dos velocidades, pero no basada en el mérito, sino en los estereotipos culturales y religiosos: en la primera clase, los virtuosos ahorradores de religión protestante; en la segunda, católicos gastosos de los cuales uno no se puede fiar y a los que hay que mantener a raya o, incluso, si es necesario, poner de patitas en la calle.
Esa narrativa de la crisis, que va camino de acabar con Europa, debe ser contestada. Que países tan diferentes como la pobre Grecia y la rica Irlanda, la primera campeona del dirigismo corporativista y la segunda del neoliberalismo y la desregulación, se encuentren en situaciones parecidas obliga a explicaciones algo más sofisticadas. Estamos ante una crisis de crecimiento, lógica en un proceso de construcción de una unión monetaria donde la existencia de una única política monetaria, no complementada adecuadamente por políticas fiscales y de regulación del sector financiero, va generando desequilibrios que se van acumulando hasta provocar los problemas que vemos actualmente. Ante esa tesitura, dado que la unión monetaria se diseñó sin tener en cuenta los mecanismos necesarios para que pudiera capear crisis como la actual, lo lógico parecería discutir cómo perfeccionar dicha unión para que funcionara de forma equilibrada y, como parece necesario, mejorar su gobernanza dotándola de nuevos instrumentos y reforzando la autoridad de sus instituciones.
Pero en lugar de tomar el camino de la profundización de la unión, lo que estamos viendo es la aplicación de una lógica de vencedores y vencidos en la que unos aprovechan la coyuntura para imponer a otros su modelo económico, como si todos los países tuvieran las mismas condiciones y pudieran funcionar bajo los mismos supuestos. La consecuencia de todo ello es que, en ausencia de medidas más ambiciosas, nos instalaremos en un sistema de crisis permanente. Mientras tanto, los ajustes y recortes asociados a los actuales planes de rescate agravarán la crisis que sufren algunos países en lugar de ayudarles a salir de ella. Por esa senda, el deterioro será inevitable, pues si el crecimiento y el empleo no aparecen pronto, las sociedades se rebelarán contra los ajustes y la excesiva carga de la deuda o, alternativamente, los mercados y Gobiernos acreedores se coordinarán para expulsar de la zona euro o poner en cuarentena a los países con problemas de insolvencia. De seguir así, la Unión Europea acabará siendo para muchos europeos lo que el Fondo Monetario Internacional fue para muchos países asiáticos y latinoamericanos en los años ochenta y noventa: un instrumento para la imposición de una ideología económica que carecerá de legitimidad alguna, pero al que se obedecerá en ausencia de otra alternativa. Puede incluso que funcione, pero esa Europa no será un proyecto político, económico o social, sino simplemente una agencia reguladora encargada de velar por la estabilidad macroeconómica que, con toda razón, sufrirá un grave déficit democrático y de identidad.
4. Ausente del mundo
Tan grave como la ruptura de los consensos internos es la incapacidad europea de hablar y actuar con una sola voz en el mundo del siglo veintiuno. A pesar de ser el primer bloque económico y comercial del mundo, el mayor donante de ayuda al desarrollo del mundo, e incluso, pese a los recortes, de seguir disponiendo de un muy considerable aparato militar y de seguridad, Europa sigue ejerciendo su poder de forma fragmentada y, en consecuencia, como vemos todos los días, desde las relaciones con Estados Unidos, Rusia o China hasta su actuación en la más inmediata vecindad mediterránea, de una forma sumamente inefectiva. Claro está que ni el poder de Europa es comparable al de una gran potencia ni esta quiere ejercerlo de la manera que lo hacen ellas. El problema está en que Europa no es capaz de actuar unida y ser decisiva ni siquiera en aquellas áreas geográficas más próximas, como el Mediterráneo, donde su peso es o debería ser abrumador, y que tampoco sea influyente ni efectiva en instituciones como la ONU, el G-20, el FMI donde su peso político y económico es enorme. En todas esas instituciones multilaterales, hay muchos europeos, pero poca Europa, y lo que es peor, muy pocas políticas que coincidan con sus intereses.
Transcurrido más de un año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que nos prometió una nueva y más efectiva política exterior, la parálisis de la acción exterior europea es completa. La respuesta a las revoluciones árabes ha sido sin duda la gota que ha colmado el vaso. Durante décadas, a cambio de poner a salvo sus intereses migratorios, energéticos y de seguridad, Europa ha apoyado la perpetuación de una serie de regímenes autoritarios y corruptos, obviando de buen grado la promoción de los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos. Pero cuando, por fin, sin ningún apoyo exterior, los pueblos de la región han tomado su destino en sus manos, la respuesta de Europa ha sido lenta, tímida y rácana, mostrándose mucho más preocupados los líderes por salvaguardar sus intereses económicos y controlar los flujos migratorios que por apoyar el cambio democrático. Aquí también se ha impuesto la miopía, pues en caso de triunfar las revoluciones árabes, el dividendo económico de la democratización será tan inmenso que oscurecerá cualquier cálculo sobre los costes de la turbulencia.
Cierto que Europa ha evitado el abismo que hubiera supuesto dejar que Gadafi asaltara Bengasi. Ello hubiera hecho retroceder el reloj europeo a los tiempos de Sbrenica y provocado una crisis moral y política irreparable. Pero no nos engañemos, en la crisis libia, como en la crisis del euro, después de evitar el abismo queda absolutamente todo por hacer: además de lograr una paz que no sea una rendición fáctica que perpetúe el régimen de Gadafi, Europa debe restaurar la credibilidad de su capacidad militar, que ha quedado en entredicho, así como sus instituciones de seguridad y política exterior, que han quedado maltrechas. La frustración con esas nuevas instituciones de política exterior, en especial con el papel del presidente permanente del Consejo, Herman Van Rompuy, la Alta Representante para la Política Exterior, Catherine Ashton, y el nuevo Servicio de Acción Exterior Europeo (SEAE), es tan completa que las capitales europeas han comenzado a desengancharse de esas instituciones y a coordinarse y a trabajar por su cuenta. Paradójicamente, donde esperábamos una fusión de los intereses europeos y los nacionales, de Bruselas y las capitales, ahora tenemos una fractura cada vez más completa: por un lado, una política exterior europea meramente declaratoria y sin ninguna fuerza; por otro, una serie de políticas que funcionan a trompicones sobre la base de coaliciones de voluntarios y con recursos exclusivamente nacionales.
Si la primavera árabe hubiera concluido de forma rápida y feliz, las carencias de Europa hubieran terminado por ser invisibles. Pero si lo que tenemos por delante, como parece que es el caso, es un camino hacia la democracia sumamente bacheado, con victorias y derrotas parciales, idas y vueltas y bastante inestabilidad e incertidumbre, esta Europa se dividirá, será incapaz de influir y quedará abocada a la irrelevancia exterior. Con un nulo papel en Oriente Próximo, una Turquía humillada por el bloqueo de su adhesión y un Mediterráneo abandonado a su suerte, Europa dejará de ser un actor de política exterior creíble.
5. La rebelión de las élites
Durante años, el proyecto europeo ha avanzado sobre la base de un consenso implícito entre ciudadanos y élites acerca de las bondades del proceso de integración. Ese consenso se ha roto por los dos lados. Por un lado, los ciudadanos han retirado el cheque en blanco que habían concedido a las instituciones europeas para que gobernaran, a la manera del despotismo ilustrado, “para el pueblo pero sin el pueblo”. Con el tiempo, el proceso de integración ha tocado las fibras más sensibles de la identidad nacional, especialmente en lo referido al Estado de bienestar y las políticas sociales. El sesgo económico, liberal y desregulador de la construcción europea ha terminado por politizar e ideologizar un proceso que antes se consideraba que debía estar en manos de expertos y burócratas. Pero de forma más sorprendente e inesperada, a esta rebelión de las masas se ha añadido lo que podríamos denominar como “la rebelión de las élites”.
Alemania es quizá el ejemplo más claro de este fenómeno. Según las últimas encuestas, un 63% de los alemanes ha dejado de confiar en Europa y un 53% no ve el futuro de Alemania vinculada a ella. Pero del lado de la élite, las cosas no son muy distintas: mientras que las exportaciones a China están a punto de superar las exportaciones a Francia, el sur de Europa es visto como una rémora que lastra su crecimiento. La memoria del compromiso europeo se desvanece con el cambio generacional: solo 38 de los 662 miembros del Parlamento ocupaban sus escaños en 1989. Sin duda alguna, estamos ante una nueva Alemania. Dado su peso e importancia, cualquier cambio en Alemania tiene un profundísimo impacto sobre construcción europea. Sin embargo, como la característica clave de la nueva Alemania es la desconfianza hacia la Unión Europea, en lugar de, como hizo en el pasado, exportar su confianza a los demás, lo que está haciendo es exportar su desconfianza. Una pieza esencial del motor europeo está pues gripada, sin que exista ninguna otra alternativa para sustituirlo. Francia puede sobrevivir económicamente a la falta de fe alemana, e incluso tapar con Reino Unido los agujeros que Alemania deje en materia de política exterior, pero es evidente que Europa no avanzará sin una Alemania plenamente comprometida con la integración europea.
En ausencia de liderazgo alemán y de alternativas a este, el proceso de integración se deshilacha. Los presidentes de la Comisión, José Manuel Barroso; del Consejo, Herman Van Rompuy, y la Alta Representante para la Política Exterior, Catherine Ashton, vagan perdidos entre la bruma europea, incapaces de articular un mínimo discurso que les ponga en contacto con los europeístas que todavía creen en este proyecto. Solo el Parlamento Europeo se erige ocasionalmente en conciencia moral, levanta diques contra los excesos populistas y xenófobos e intenta hacer avanzar el proceso de integración. Sin embargo, solo unos pocos eurodiputados tienen una voz propia y están dispuestos a volverse contra sus Gobiernos y partidos nacionales cuando es necesario. En Alemania, Francia e Italia, pero también en otros muchos sitios, nos encontramos ante la generación de líderes más miope y entregada al electoralismo: entre ellos, ninguno habla por Europa ni para Europa.
EPÍLOGO:
¿Se puede romper Europa?
Cada día que pasa, la sensación de que Europa se resquebraja es más real y está más justificada. ¿Se puede romper Europa? La respuesta es evidente: sí, por supuesto que puede. Al fin y al cabo, la Unión Europea es una construcción humana, no un cuerpo celestial. Que sea necesaria y beneficiosa justifica su existencia, pero no impedirá que desaparezca. Igual que un conjunto de circunstancias favorables llevaron de forma bastante azarosa a la puesta en marcha de este gran proyecto, el encadenamiento de una serie de circunstancias adversas muy bien pudiera hacerla desaparecer, especialmente si aquellos que tienen la responsabilidad de defenderla dejan de ejercer sus responsabilidades. Muchos europeístas comprometidos son conscientes de que el peligro de que Europa se deshaga es real, y están sumamente preocupados por el rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, al mismo tiempo, temen que alimentar el pesimismo con advertencias de este tipo pudiera acelerar el proceso de ruptura. Pero cuando día tras día vemos cómo las líneas rojas de la decencia y de los valores que Europa encarna son cruzadas por políticos chovinistas que alientan sin escrúpulos los miedos de los ciudadanos, es imposible seguir mirando hacia otro lado. Viendo la claridad de ideas y la determinación con la que los antieuropeos persiguen sus objetivos, cuesta pensar que el mero optimismo será suficiente por sí solo para salvar a Europa de los fantasmas de la cerrazón, el egoísmo, la solidaridad y la xenofobia que la acechan estos días. Sin una determinación y claridad de ideas equivalente de este lado, Europa fracasará.

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La teoría económica lleva 200 años explicando la asignación de salarios como un proceso eficiente; intentando convencernos de que hay que dejar actuar al mercado. Pero la crisis económica nos está invitando a dudar de ella. La imposición de límites salariales a algunos ejecutivos por parte del Gobierno de Obama plantea el debate de qué consideramos un “salario justo”. Entidades financieras como Credit Suisse están cambiando sus formas de pago y ejecutivos como Kenneth D. Lewis, del Bank of América, renuncian al sueldo (aunque cobrará 60 millones de dólares cuando se jubile en diciembre). No es que estas propuestas solucionen nada, pero reflejan la presión social. Si las empresas fueran más democráticas, los trabajadores podrían negociar y sugerir cambios sin tener que depender del Estado para proteger su empleo y su salario. Las directivas de organizaciones como la OIT son también un punto de partida para un mundo laboral más justo. Si dejamos de considerar aceptables las desigualdades brutales, si dejamos de aceptar que los salarios reflejan lo que vale nuestro trabajo, si presionamos como ciudadanos para que nuestros gobiernos asuman el objetivo político de un trabajo digno para todos, esta crisis se habrá convertido en oportunidad. En todo caso, estos esfuerzos deberán incluir el objetivo de reconstruir una teoría económica fosilizada.

Lourdes Benería es profesora de Economía en la Universidad de Cornell y Carmen Sarasúa es profesora de Historia Económica en la UAB.

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No se com he arribat a una pagina on hi he trobat una grata sorpressa. Es tracta d’una serie d’articles convertits a llibre en el que s’explica de manera amena com soortir de l’atur convertint-se en empresari.

Jo que ja he tingut alguna experiencia al respecte i que no descarto de avenir-m’hi altre cop… l’he trobat interessant.

Esta en castellà i el podeu descarregar De-parado-a-empresario o bé a la pàgina del seu “alma matter

Que el disfruteu!

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Interesantissim article del qual en faré analissi més endavant!

Domingo, Agosto 2, 2009

La operadora de telecomunicaciones como negocio del pasado

telefono viejoLa reciente investigación lanzada por la FCC norteamericana para clarificar las razones de la exclusión de Google Voice de la App Store de Apple (si no has leído nada al respecto, mi selección para enterarte seríaWired, TechCrunch, ComputerWorld o GigaOM) está dando lugar a la constatación de una evidencia clara: las operadoras de telecomunicaciones son, a día de hoy, empresas del pasado incapaces de encontrar su sitio en el nuevo panorama tecnológico.

Los hechos son claros: Google Voice avanza en lo que todos los usuarios querríamos que fuese nuestro servicio telefónico en los tiempos que corren: la capacidad de combinar líneas diferentes para que funcionen como una sola, redireccionar fácilmente de manera flexible y económica, establecer filtros positivos o negativos para determinadas llamadas, mensajes personalizados de contestación automática, conversión de estos mensajes en correos electrónicos para un procesamiento más fácil de los mismos… el servicio de Google Voice, que no es único y que avanza en lo que algunas operadoras virtuales, como el caso de fonYou, están ofreciendo es ni más ni menos que lo que el servicio telefónico quiere ser cuando se haga mayor, es decir, cuando se adapte a vivir en la era digital.

La idea no es poca cosa: con la llegada de la digitalización a las telecomunicaciones, muchas cosas cambiaron. Al pasar de conmutación de circuitos a conmutación de paquetes, los esquemas de cobro por distancia y tiempo perdieron completamente su sentido: no me puedes cobrar más por hablar más tiempo o con un destino más lejano, de la misma manera que sería absurdo que me cobrases más cuando navego a una página hospedada en Australia que a una cuyo servidor se encuentra en Alcobendas. Pagar por usar tus cables puede ser razonable, pero pagar en función de cómo los uso o de si hablo con éste o con aquel, no. Pero además, las posibilidades de introducir inteligencia en el sistema se incrementan de manera exponencial: si las operadoras de telecomunicaciones no nos dan determinados servicios o nos tratan como idiotas negándose a dotar a éstos de inteligencia porque no les interesa, el mercado reacciona creando estos servicios, y construyéndolos precisamente sobre la infraestructura de las operadoras, relegándolas por tanto al papel de dumb pipes. Si unimos a ésto la reciente disponibilidad de más inteligencia a nivel del terminal con la adopción rápida de dispositivos como los smartphone, auténticos ordenadores con gran capacidad de proceso en los que hablar por teléfono es solo una de sus múltiples funciones, podemos ver que el panorama ha cambiado completamente. Y en ese panorama, las operadoras de antes no han sabido encontrar su sitio.

¿Por qué razón no son las propias operadoras las que lanzan servicios como éstos? En primer lugar, por su clarísima inadaptación a los tiempos, por su alejamiento del mercado. Que las operadoras sean, en todos los países civilizados, las protagonistas del mayor número de reclamaciones de sus usuarios no es ninguna casualidad. El concepto de cliente avanzado que demanda servicios es difícilmente compatible con el nombre que se usa precisamente para designar a los clientes en muchas de estas empresas: abonados. Pero además, la idea de dotar a los circuitos de inteligencia resulta completamente incompatible con los obsoletos sistemas que estas empresas utilizan para generar negocio: llevar los servicios a un esquema de pura conmutación de paquetes supone que muchos de los conceptos por las que hoy las operadoras telefónicas cobran, dejan de tener sentido. Si pudiese hacer con mis teléfonos muchas de las cosas que hago con mis comunicaciones en Internet, olvídate de cobrarme por desvío de llamadas, por roaming, por llamadas internacionales o por absurdas tarifas en función de la hora del día o los números frecuentes… todos esos esquemas pertenecen al pasado. A día de hoy, una operadora es una maquinaria puesta en funcionamiento para intentar maximizar lo que cobra a su cliente en función de conceptos que, tecnológicamente, no necesitaría, y para aprovechar cualquier descuido de éste para meterle el cuchillo: un exceso de tráfico de datos se factura más caro que un intercambio de marihuana, una llamada desde el extranjero sin haber tenido la precaución de contratar un servicio determinado puede costar como una comida, y si combinas las dos cosas, un exceso de datos desde el extranjero, te puede salir al precio de sobornar a un político… cuando, en realidad, hablamos de enviar paquetes a través de redes, lo que hacemos todos los días cuando navegamos por Internet sin pagar más que el precio de nuestro ADSL.

Que el veto de la App Store de Apple a Google Voice haya venido por parte de Apple o por parte de AT&T y las operadoras que trabajan con Apple resulta, a día de hoy, enormemente relevante.Una cosa es que Apple quiera proteger su negocio evitando la llegada a su App Store de servicios que entran en conflicto con los que ella ofrece – que estaría mal, pero sería otro tema de discusión), y otra que las operadoras utilicen a Apple para violar el principio de neutralidad de la red y la aparición de servicios avanzados. La exclusión de Google Voice, o las limitaciones impuestas a Skype, no son más que evidencias, llamadas de alerta: las operadoras de telecomunicaciones que tenemos ya no nos sirven en un mundo digital, queremos más servicios, planteados de manera más simple y económica. Algo que las operadoras actuales no saben, ni quieren, ni pueden hacer. Bienvenida sea la investigación de la FCC, y la progresiva toma de conciencia de los clientes ante temas como éste. Necesitamos operadoras de telefonía nuevas, las del siglo pasado ya no nos sirven.

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Ja tenim finançament, bé si més no tenim el document que s’ha d’aprovar en breu. Per mi torna a ser una baixada de pantalons vers la “Gran España, Conioo”. Tornem a ser sotmesos a un espoli fiscal i a més amb el consens Català de l’esquerra més rància i regionalista dels últims temps. Senyors del Tripartit, tornin a espanya i quedin-se, deixin de ser els Salvapatries que ens durà cap a un paradís Català i donin veu al poble ara que poden!

Així quedarà el Finançament!

El model beneficia a les comunitats més poblades perquè els recursos es repartiran en relació als habitants actuals de cada comunitat. El sistema vigent prenia com a any basi les dades demogràfiques de 1999. Dit d’una altra forma, no tenia en compte que la població de Balears s’ha incrementat en un 33,2% en els últims deu anys mentre que la d’Astúries només ha crescut un 0,07%.
D’altra banda, a petició de Catalunya, s’aplicarà l’anomenada anivellació parcial, la qual cosa suposa fitar els mecanismes de solidaritat. Així, del conjunt d’ingressos fiscals de les comunitats, un 75% anirà destinat a una borsa comuna que el Govern denomina fons de garantia de serveis públics fonamentals. I, el restant 25% dependrà de la capacitat fiscal de cada territori. Així, aquelles comunitats més dinàmiques sortiran beneficiades. L’Estat aportarà un 5% addicional al fons de garantia, la qual cosa implica que el 80% dels recursos aniran dirigits a garantir els serveis fonamentals (sanitat, educació i serveis socials).
El model es tanca amb altres tres fons, que es finançaran exclusivament amb diners de l’Administració central. Un de “suficiència global”, que el seu principal objectiu serà impedir que cap comunitat vegi minvats els seus recursos respecte al model actual. I, finalment, s’estableix l’anomenat “fons de convergència” que es bifurca en dues: el primer, batejat com a fons de competitivitat, que servirà per reduir les diferències en finançament per càpita. Per exemple, actualment, la distància en recursos per habitant supera els 40 punts entre la qual major finançament rep (Extremadura) i la que menys (Balears). Tal diferència es reduirà en un 25%. L’últim fons, cridat “de cooperació”, es destinarà a les regions amb menor renda. Podran optar a ell aquelles regions amb un “PIB per càpita inferior al 90% de la mitjana”, que tinguin “una densitat de població inferior al 50% de la mitjana” o el creixement de la qual de població sigui inferior al 90% de la mitjana”.
Elena Salgado no va voler especificar les posicions en renda per càpita de les comunitats i només va apuntar que Catalunya se situaria “lleugerament” per sobre de la mitjana. En qualsevol cas, Salgado si que va apuntar que el nou sistema permetrà que comunitats que se situaven molt lluny de la mitjana en finançament per càpita s’apropin més a la mitjana. En aquesta situació es troben Balears, Comunitat Valenciana, Madrid o Múrcia. A pesar que Salgado va esquivar la qüestió, en termes relatius, les regions que actualment ocupen les posicions més altes en recursos per càpita (Extremadura, Castella i Lleó, Cantàbria o Astúries) veuran reduïdes les seves diferències respecte a les regions menys beneficiades. No obstant això, els recursos addicionals permetran que cap comunitat perdi ingressos amb el nou model. A més, la distribució de recursos tindrà en compte, entre altres variables, la superfície, la dispersió, la insularitat, la població en edat escolar i la major de 75 anys.
Més enllà de les xifres, el nou model suposarà dotar de més autonomia als territoris ja que la cessió en l’IRPF i IVA ascendirà al 50% des del seu nivell actual del 33% i del 35%, respectivament. Els majors ingressos aniran acompanyats d’una major capacitat normativa, sobretot en l’IRPF, on les comunitats podran modificar el nombre de trams en l’impost de la renda i fixar els mínims personals.

Text refós de Cinco Dias.

JA, NO US CREC!

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Interesante articulo de Marc Vidal acerca del futuro incierto de la economia…

Robert Prechter es uno de los pocos analistas que ha sobrevivido al crash de 2008 en Wall Street. Considera que la situación de la bolsa actual se trata de un rally de mercado bajista, por lo que, en algún momento, se retomarán las caídas. Según Prechter esa fase coincidirá con una devastadora deflación que destruirá la economía en términos globales. Seguramente exagera y lo que intenta es dar un toque de atención a tanto brote verde internacional y a tanto tango. Por ejemplo, lo que este analista dice es que todo el momento de ascenso de los mercados se enmarca en un superciclo bajista que comenzó en enero de 2000 y que terminará con el Dow Jones en 400 puntos.

http://www.marcvidal.cat/espanol/2009/07/deflacion-vs-hiperinflacion.html

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Extret del blog de El món de rac1.

Els emprenedors representen una de les figures més importants per l’economia catalana. El professor de direcció de màrqueting d’ESADE, Carles Torrecilla, ha explicat que el projecte que ha de desenvolupar un emprenedor ha de ser senzill, innovador, no xinejable i que permeti la col•laboració en xarxa. També ha aprofitat per desmitificar algunes de les idees que sovint acompanyen la figura de l’empresari, emprenedor.


http://www.ivoox.com/clau-per-ser-emprenedor-es-projecte_md_93489_1.html Descargar mp3

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